Si alguna vez ha facilitado su nombre, DNI y datos bancarios a Retevisión, ahora mismo puede estar comprando porno anal filipino. Sin saberlo.


Hasta a alguien tan cool como un soldado imperial podría pasarle...

En el año 2014, cuando vivamos en cavernas, vistamos taparrabos feos, y la gasolina sea un bien tan preciado como para que la gente se organice en clanes paramilitares y se arme con hachas y palos y grite en corro hasta que salga Tina Turner a decir "hola", la última mitad del siglo XX será recordada como el inicio del declive de la civilización occidental tal y como la conocemos, y todo por culpa del telemarketing.

Porque si hay alguien que, mientras dormimos, trabaja de firme para que todo se vaya muy pero que muy a la mierda, esas son las compañías telefónicas. Telefonía fija, móviles, acceso a Internet gratuito o de pago, cadenas de televisión, televisión por cable, productoras, emisoras de radio, periódicos, portales, astrólogos, satélites con antenas emitiendo las veinticuatro horas del día, equipos de fútbol, salas atestadas de teleoperadores, la mitad de Sudamérica... Todo al servicio de este nuevo imperio de la sinrazón.

Yo siempre pensé que los científicos trabajaban para construir un mundo mejor. Confiaba en que los doctores curaban y los maestros enseñaban, mientras las compañías de seguros y los bancos, er..., bueno, nada. Quiero decir: yo creía que progresábamos como especie, que había una meta, que avanzábamos - aunque fuera a tientas - hacia un futuro feliz, de modo que un día vendrían los extraterrestres, nos examinarían, y luego se volverían a su planeta bien contentos, no sin antes hacernos entrega de un diploma por lo mucho que habríamos evolucionado. Pero no. No: a la mierda. No vivimos en una sociedad que progresa, amigo. Despierta. Vivimos en un sistema de mierda que los historiadores, políticos y economistas han acordado llamar "la sociedad de la información".

La información en la sociedad de la información puede que se limite a "Hola, cómo estás, pues bien, vale", pero, creedme: supone un montón de dinero para las compañías telefónicas. Tanto, que en los últimos años éstas se han convertido en GRANDES CORPORACIONES.


Las putadas de Retevisión pueden ser fuente de discusiones en matrimonios antes bien avenidos.

Las grandes corporaciones, las multinacionales, las compañías telefónicas, el Mal, el Anticristo. Como queráis llamarles.

Una dictadura es, en palabras de un gran sabio, "una puta mierda", pero tiene un componente humano. Ese componente humano será, probablemente, genocida, ególatra o analfabeto, y hasta le faltará un huevo, pero no por ello dejará de ser humano.

En una corporación no hay nada remotamente parecido. Se la suda todo, allí se juega a lo grande. ¿Para quién? No se sabe.

Las corporaciones se rigen por leyes y normas que nadie recuerda quién inventó. De hecho, una norma en una corporación nunca se derroga: si sale otra nueva totalmente opuesta, las dos seguirán vigentes. Esto es un claro ejemplo de que la inteligencia en las grandes empresas es limitada, y que su estupidez, en cambio, no conoce límites. A no ser que hablemos de dinero.

A poco que tratemos con cualquier empresa de telecomunicaciones nos daremos cuenta de que allí la pasta lo es todo. Y como aún no se ha encontrado un medio de tratar directamente con el dinero, se dice eso de "el cliente es siempre lo más importante". Sin embargo, el cabrón estresado que trabaja para ellos por un sueldo mínimo es una puta mierda. El cliente descontento es una puta mierda. El medio ambiente es una puta mierda. Todo lo que no sea dinero aquí, ya, ahora, es una puta mierda. Y además no mola nada.

Si se me perdona la octava referencia a los 4 Fantásticos en esta página, quisiera mencionar a Galactus. Galactus es un malvado que va por el universo devorando mundos. Se come la vida, en serio. Vaga por entre las estrellas sembrando el caos y la destrucción. Y cada vez que leo un comic de los 4F en el que sale este tipo, no puedo evitar pensar en que su hambre cósmica es exactamente igual a la de estas grandes corporaciones. Es el mismo furor, la misma rabia, la misma urgencia: seres que si no crecen, se colapsan.

Por supuesto, las multinacionales del sector de las telecomunicaciones son vagamente conscientes de cómo son y de cómo las percibe la sociedad. Es por eso que, periódicamente, proceden a lavar su imagen. Esta tarea la emprenden con notable alegría y cierto desparpajo, echando mano de los trucos publicitarios más sucintos, crueles y refinados a los que la humanidad haya estado expuesta jamás. Estamos hablando de EXTRAÑOS MENSAJES SUBLIMINALES INCRUSTADOS EN TUS CALZONCILLOS o, lo que es lo mismo: de anuncios de chicas en biquini.

Y es que ningún otro tipo de empresa invierte tanto en anuncios de tías medio desnudas como una compañía telefónica. Joder, si os fijáis os daréis cuenta de que ni siquiera los fabricantes de biquinis ponen tantas tías en biquini en sus anuncios. Por lo general, uno sabe cuándo está viendo un anuncio de telefonía porque se queda quince segundos sin sangre en el cerebro. Imaginad porqué.

Todavía se desconocen los efectos que producen en nuestro órgano cognoscitivo quince segundos sin riego sanguíneo, pero si son los culpables de que tengamos móviles de tal marca, nos conectemos a Internet desde tal nodo, o llamemos a otras provincias mucho más barato, yo de vosotros me lo pensaría dos veces antes de encender la tele: cualquier día podríais despertar desorientados frente al cadáver del Papa, con una pistola humeante y una muy poco religiosa erección entre las piernas.


Una cabina de Retevisión totalmente sexy y desnuda.

Y por fin llegamos a Retevisión. Por favor: abróchense los cinturones, súbanse los pantalones y vuelvan todos a sus respectivos genitales.

Antes de que los eficientes abogados de Retevisión procedan a evaluar la cuantía de la demanda que me van a interponer, quisiera dejar bien claro que yo admiro profundamente a su empresa. De veras, en serio. Me encanta tanto que cuando veo una cabina con su logo impreso en lo alto no tengo más remedio que forzarla sexualmente. Es algo superior a mí. Tal vez influyan causas antropológicas, como que el macho de la especie humana tiende a insertar su pene en las cosas que le gustan, no lo sé. O quizá sean los anuncios supersexy de Retevisión con los que me bombardean día y noche. Lo cierto es que es embarazoso. Ellas, las cabinas, me incitan. Qué diría mi madre si leyera esto. Mátenme, por favor. ¿No ven que estoy sufriendo?

Pero a lo que vamos: la empresa Retevisión.

La empresa Retevisión sería una más entre toda la caterva de empresas hijaputas de las que hablamos antes, si no fuera por un par de detalles sin importancia que la hacen todavía más hija de puta. Como el slamming.

El slamming, a pesar de su nombre y de lo serio que se han tomado su práctica en Retevisión, no es un nuevo deporte, a no ser que putear mucho a la gente tenga cabida en las próximas olimpiadas. El slamming consiste en algo tan sencillo como saltarse el paso de preguntar al cliente a la hora de venderle algo. Para que os hagáis una idea de la maldad que implica este nuevo concepto, he improvisado el guión de una escena de mi no próxima película - gracias a Dios -, donde se ha sustituido al comercial de Retevisión por un vendedor a domicilio de biblias y bolígrafos, para darle un enfoque menos sexual al tema:

Ring, ring (timbre).
PROTAGONISTA: ¿Sí?
VENDEDOR A DOMICILIO DE BIBLIAS Y BOLÍGRAFOS: Hola, buenos días. Grrr. ¿Quiere vd. una biblia?
PROTAGONISTA: No.
VENDEDOR A DOMICILIO DE BIBLIAS Y BOLÍGRAFOS: Blah, el tiempo, blah blah. ¿Y tal vez un bolígrafo?
PROTAGONISTA: No.
VENDEDOR A DOMICILIO DE BIBLIAS Y BOLÍGRAFOS: Jajaja, ¡pues le apunto dos de cada! ¡Adiós!

La diferencia entre el ejemplo de arriba y la realidad es que los clientes de Retevisión no se enteran del timo hasta pasados dos meses, momento en que llega una factura que se ven obligados a pagar. Sí: "obligados", porque de no hacerlo comienzan a ser acosados con llamadas telefónicas a extrañas horas no precisamente de oficina y con cartas que parecen más una declaración de guerra que un "Hola, somos Retevisión y la hemos cagado. ¡Gracias!".

Hace varios años solía ir a un bar de Barcelona llamado Pipers, los viernes y los sábados por la noche (a beber, qué si no), y a eso de las once de la noche, allí delante, en la misma barra, podía ver a un montón de comerciales de Retevisión terminando de "arreglar" contratos de preasignación. Era un espectáculo precioso, en serio, toda esa juventud abnegada y trabajadora.

Por supuesto, cuando en el párrafo anterior dije "arreglar contratos" me refería a falsificar firmas.

Esta noche, en CUENTOS DE HORROR Y MISTERIO CON TELEOPERADORAS: "La tarifa plana que volvió de entre los muertos."


Probablemente éste sea el mejor chiste que haya hecho nunca, pero los imbéciles de la crítica no lo entenderán porque está muy adelantado a su tiempo.

Mi caso con Retevisión es aún más extraño y surrealista que todo lo comentado anteriormente, porque ninguno de sus comerciales ha tenido jamás acceso a mi firma o a una muestra de ella sonsacada con la pobre excusa de "justificar delante de los jefes que he realizado esta visita", de modo que no entiendo cómo tienen el valor de darme de alta en su fastuoso servicio de preasignación 1050 - servicio que sólo puede darse de alta mediante contrato -, y además en un teléfono que no es mío desde hace un año.

Pero lo mejor de todo no es que pretendan cobrarme 75 euros de llamadas a móviles a Italia que yo no he realizado. Lo más fascinante es marcar una y otra vez el 060 y comprobar que nunca hay un superior disponible. Es cojonudo: como cliente puedo pagar llamadas imaginarias al país de las maravillas de Alicia, pero no tengo derecho a comentar el problema con un responsable.

POR FIN HAY ALGUIEN AL OTRO LADO, dice su publicidad. Jaja.

Como resultado de mis infructuosas gestiones con Retevisión, decidí avisar al banco para que devolvieran todos sus recibos y los acompañaran con una foto de mi dulce dulce culo, aunque la cajera me dijo que esta última parte no era viable pero que iba a quedarse con la foto por si acaso.

¿Creéis que así se solucionan los problemas? Pues no. Retevisión comenzó entonces a mandarme cartas y a llamarme cada quince días, recordándome muy amablemente que les debía una pasta, y haciendo veladas alusiones a mis rótulas y algo que no recuerdo bien de un garfio oxidado hurgando en ellas.

Sinceramente, creo que estos bastardos se han gastado en papel y en llamadas más de lo que supuestamente les adeudo, pero eso no parece importarles. Creo que, en cierto modo, piensan que una mentira, si se escribe y repite las suficientes veces, pasa a convertirse en una verdad, pero se equivocan: ese método sólo funciona con las costumbres sexuales de los hombres muertos hace un siglo y con las costumbres sexuales de mis ex-novias, pero NO con las jodidas facturas inventadas.

Aunque he de decir que, gracias a toda su atención, ahora me siento un tipo importante. Sí. Gracias, Rete. Mi nombre figura en una lista de no-sé-qué, y si no hubiera leído algo de "moroso hijo de puta" podría hacerme la ilusión de que soy el décimo tipo más sexy del mundo. ¡Gracias!

La última noticia que tengo de ellos es que han decidido (unilateralmente) dar de alta una tarifa plana antigua en mi teléfono actual, lo que hace que el título de este artículo cobre todo su significado, pues, amigos míos, no me extrañaría en absoluto estar comprando en estos mismos momentos un sweater, crema exfoliante, un pack de llamadas a Venezuela a mitad de precio y, claro está, porno anal filipino. Sin saberlo.

2002, Carlos Miguel Ruiz
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